21:31, 07-10-2008
 
 
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TIERRA DEL VALLE

LA VIDA FÉRTIL
La vida es fecunda aquí. Hay brisas que resucitan lo que vieron en la sierra: crestas de hayedos y rebollos redondeando las aldeas blancas allá abajo. No estamos en la Castilla polvorienta, sino en el vientre verde que esta provincia sabe dar entre tiernas carreteras comarcales. El sol implacable sobre las extensiones infinitas es apenas una realidad lejana y sin rastro. Florece el Valle de vegetación apretada. De lavaderos y fuentes y regatos. Se abre en rosarios de agua y montes llenos. Musgos, líquenes, una plenitud infinita de torrentera y arbolado...Una foto en un bar muestra que, a veces, los ciervos bajan a beber agua a las fuentes de los pueblos. Fuera, el color despliega cien pinceles vegetales. Los caminos comunican rincones de pozas que en verano abren sustransparencias al chapuzón. los ocres, los naranjas y los rojos del otoño entran por el alma y por la vena. Las nieves se instalan en cumbres de invierno que prometen travesías de Cebollera a Santa Inés o Urbión, más allá está Neila...La primavera abandona toda timidez para ntregarse a la seducción sin disimulo. Aún hay olor a leche y mantequilla, a hornos de buen pan, a gentes y verbenas. Dicen que Nostradamus puso sus coordenadas a trabajar para salvar dos espacios, y que uno de ellos vino a coincidir en esta tierra solícita a la que no le faltan amantes. Mientras, el Duero viene de Pinares y apacigua levemente su juventud temprana entre pueblos de caserío y casas de indianos...Es el Valle, el espacio poblado por una vegetación exhuberante y regado por el Razón, el Tera, el Duero y mil manantiales que dan agua a robles, hayas, avellanos, acebos, serbales, zarzamoras, álamos, abedules, tejos... La vida se sirve en bandeja generosa. Sólo hay que probarla. El riesgo: convertirse en adicto de la comarca verde, que la derrocha a manos llenas.
Desde la capital, El Valle tiene dos entradas posibles. Una es la carretera de Burgos y otra la de Logroño. La primera ofrecerá un viaje entrañable por una comarca de rebollares, praderas suaves y serranías que conducirá a Hinojosa y El Royo. La segunda, que hoy tomaremos, abrirá la puerta a la memoria.
A escasos kilómetros de Soria está Garray, al pie de Numancia, donde quizá quiera tomarse algo, darse un baño en el soto si es verano o probar una de las piraguas que alquilan. Coja el coche, y de nuevo carretera y guía, llegue hasta el indicador de La Rubia. A la izquierda, una casona del siglo XV le sorprenderá por su excelente conservación. Tiene tres torres, almena, escudo, un elefante de siete trompas, ventana ajimezada, iglesia, convento y una quesería en el antiguo monasterio que se nutre de la leche de churras ojaladas. Fíjese en las trompas enroscadas que se repiten en la parte posterior y los lados: la Casa Fuerte de San Gregorio dibujó símbolos que llaman a la recogida de alimentos. desde allí, y antes de dar la vuelta para volver a la nacional, continúe por la comarcal hasta Matute de la Sierra, buena muestra de pueblo abandonado al que una cuidada reconstrucción en piedra devuelve vida y encantos.
podrá acercarse hasta Almajano, si bien hasta llega también una carretera desde la capital, de la que dista catorce kilómetros. como buen pueblo de agostadero de los ricos merineros, varias casas blasonadas del XVIII dibujan escudos en las fachadas de piedra. La gran espadaña de la iglesia quizá le regale los oídos con el tañido de us cinco campanas cuando toma camino hacia la Plaza mayor. Allí, una Casa Fuerte amurallada viste almena, balcón corrido y puerta grande de sillería. retenga el emblema familiar. Lo volverá a encontrar en Aldealseñor, donde la familia de los Salcedo también esculpió el sauce y los cinco corazones junto a las cadenas, los rombos y las flores de lis de los Río (quizá lo recuerde. son los mismos relieves que viera en el Palacio de ventana esquinada de la capital, hoy Archivo Histórico Provincial).
El porte de esta casa solariega sorprende más en cuanto que sus líneas suponen un contraste poderoso con la humilde horizontalidad de La Aldea. Dejémosla conversar con los cuatro vientos desde su gran torre del XII mientras recorremos con la vista y la historia un tiempo de revueltas entre navarros, aragoneses y castellanos, en el que la vigilancia distaba mucho de ser un elemnto decorativo. Camine. Dé la vuelta al perímetro amurallado. Disfrute de la sillería y una solidez que hoy está siendo rehabilitada, escrute el perfil del palacio recortado sobre fondo azul, fíjese en los arcos carpaneles que se dirigen a la muralla... Y luego, desande el camino andado para regresar a la carretera que le llevará a hermosos escenarios de río y robledal cmo Espejo de Tera -rescatado del abandono hace años- o a una localidad de piedra y encantos que sirve de puerta entre El Valle y las Tierras Altas.
Almarza es pueblo de arquitectura recia y pasado ganadero, que ha dejado en herencia una iglesia del XVI y el palcio de los Montenegro. En él, hoy aula naturaleza de un colegio madrileño, teje Gloria de Valor el arte de Penélope y cuece artesas de tinte vegetal para darle color al lino, la seda o el esparto. Si es agosto y a primeros, quizá pueda comprar en la feria comarcal miel, embutidos o mantequilla. Si el día es seis y de enero, asistirá al intercambio del arca entre Almarza y San Andrés, donde se conservan los privilegios reales que aseguraban el uso de dehesas y montes comunales, y que sólo puede ser abierta ante las autoridades de ambas localidades (con una llave cada una).
Más allá, a muy pocos kilómetros de Almarza, Gallinero ofrece uno de los pocos restos del gótico civil de la provincia, además de un camino de paisaje dulce que conduce a la acebada de Garagüeta. la extensa mancha, una de las más importantes de Europa, conforma un laberinto abovedado del que hablaremos más tarde, cuando la vegetación se nos cuele de lleno en el encuentro con la naturaleza. También se nos vendrá a la boca el robledal de Santos Nuevos, una de las dos ermitas de Almarza, enclavada en un monte sólido y centenario.
De nuevo en la carretera general, el itinerario vuelve a obligarnos a desandar lo andado hasta llegar a la carretra de Tera, con casa solariega e iglesia góticas. Conduzca por la carretera que lleva al corazón del Valle. Vaya despacio. Disfrute. Está salpicado de aldeas blancas en las que ir parando. inúndese los ojos de los robles de Rebollar, saboree el camino a Rollamienta, desvíese al balcón abierto sobre el valle del subyugante Villar del Ala. Más allá está Aldehuela del Rincón, con una dehesa de robledal y montes de infinitas gamas vegetales. Aparecerá en Sotillo. Quizá sea tiempo de sumergirse en la piscina natural que aprovecha las aguas del Razón. hay miel de biércol y, como en varias localidades de la comarca, buen chorizo que poder comprar en el precioso caserío mezclado con las casas de los Indianos (si los vallejos hicieron las Américas, también las Américas son responsables de buena parte de la fisonomía soriana, con hijos que emigraron y fundaron Sociedades Filantrópicas, financiaron carreteras, escuelas, frontones o alumbrado y regresaron para tachonar la arquitectura humilde de grandes edificaciones con sabor inconfundible).
Al desviarnos hacia Villar y la Aldehuela, hemos dejado atrás Valdeavellano de Tera. basta con deshacer unos cuantos hilvanes de la carretera para dar con el pueblo de las cuatro fuentes -una por cada barrio-, que circundan las Sierras Cebollera y Tabanera. Y una vez más, casas chicas y grandes pintadas de blanco sobre terreno bañado por el Razón y el Razoncillo, un encanto dulcísimo en las calles y las plazas de una localidad que cuenta con albergue de la Junta, la hermosura fresca que no abandona ni por un momento la magnífica esquina soriana... desde él, una estrecha carretera flanqueada de bosque conduce a Molinos de Razón.
Hay quien asegura que no sólo es importante llegar a un lugar bello, sino que el camino que va hacia él también lo sea. Ambas premisas se cumplen con generosidad en la pequeña localidad, desde cuya ermita se obtendrán espectaculares retazos de valle y una fuente bautizada como La Losera dejará adivinar la piedra pizarrosa sobre la que se asienta la cercana Cebollera.
Y damos la vuelta, que así es el viaje y el camino no lineal en el que nos hemos embarcado, por la carretera que nos conducirá, esta vez a Sotillo. Desde allí, el camino a El Royo será la prolongación de policromías arboladas, y aún podremos descansar en el kilómetro 17 (con parrillas y zonas de baño), adentrarnos hasta la poza cristalina del Chorrón, caminar o pedalear hasta El Hayedo u optar por la Ermita de la virgen del Castillo, donde el impresionante panorama de bosques y pantano esboza su fisonomía sin desperdicio.
Cabecera de la Mancomunidad formada por Hinojosa de la Sierra, Langosto, Derroñadas y Vilviestre de los Nabos, El Royo recibe con casas de indianos, mansiones de sillería y casas de piedra. Si el reloj o el estómago le piden mesa, la oferta gastronómica es variada. Si no, dé un paseo por las calles y la plaza con cruz de piedra en el centro, posible recuerdo de un antiguo rollo medieval. la emigración ha dejado fuentes, colegios y altar de la Virgen memoria de sociedades filantrópicas que también aquí fundaran hijos de esta localidad y la cercana Derroñadas. y una cita con las fiestas: cuna de dulzaineros, El Royo celebra el fin de semana después de la Virgen de Agosto un Certamen Nacional de Mantones de manila y su verbena es famosa en toda la provincia.
De regreso a Soria para tomar la carretera que va a Burgos, enseguida encontrará Derroñadas, casi ajena a El Royo por los chalets que han ido pespunteando la carretera. Una torre en una colina le anunciará tras una curva el pueblo de Hinojosa de la Sierra, con palacio renacentista del XVI, restos de castillo y ribera del Duero con posibilidad de baño. La pequeña aldea, hoy casi deshabitada, se aferra a las muestras de un tiempo en el que era Señorío de los Hurtado de mendoza, y el esplendor le daba título de villa. Si hay suerte con la humedad, la laguna que se forma en el llano le saludará al pasar entretenida en dar alimentos a las cigüeñas.
Ya en la carretera, cuando haya traspasado el puente sobre un Duero en el que flotan los nenúfares, dejará a un lado Oteruelos, al otro Pedraza, regresará con las últimas luces dorando el monte valonsadero. Llegará a Soria. Quizá le dé la bienvenida con un atardecer quemando el cielo. Se ha enganchado a la comarca, sea bienvenido a una adicción nada peligrosa que cambiará -y sumará visiones- en la siguiente estación en la que el cuerpo y la entraña le pidan volver.
    TIERRAS DE ÁGREDA
    TIERRAS ALTAS
    TIERRA DEL VALLE
    LA SORIA VERDE
    SENDERO IBÉRICO SORIANO
    CAMINO DEL CID
Todas estas rutas forman parte de la amplia oferta del Patronato Provincial de Turismo de Soria. Los contenidos y las imágenes de cada uno de los recorridos han sido facilitados a valonsadero.com por el propio Patronato. Los textos son obra de Susana Gómez Redondo, y las fotografías perteneces al archivo del Patronato de Turismo, Fernando Santiago, Lourdes Lezcano, Félix Lozano, Alejandro Plaza, Valentín Guisande, Manuel Caloto y Paco Lucas.
 
 

 

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