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| ¿Que
conoces de nuestra provincia? Compruébalo
en este crucigrama. |
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| LA
VIDA FÉRTIL |
La
vida es fecunda aquí. Hay brisas que resucitan
lo que vieron en la sierra: crestas de hayedos y rebollos
redondeando las aldeas blancas allá abajo. No estamos
en la Castilla polvorienta, sino en el vientre verde que
esta provincia sabe dar entre tiernas carreteras comarcales.
El sol implacable sobre las extensiones infinitas es apenas
una realidad lejana y sin rastro. Florece el Valle de
vegetación apretada. De lavaderos y fuentes y regatos.
Se abre en rosarios de agua y montes llenos. Musgos, líquenes,
una plenitud infinita de torrentera y arbolado...Una foto
en un bar muestra que, a veces, los ciervos bajan a beber
agua a las fuentes de los pueblos. Fuera, el color despliega
cien pinceles vegetales. Los caminos comunican rincones
de pozas que en verano abren sustransparencias al chapuzón.
los ocres, los naranjas y los rojos del otoño entran
por el alma y por la vena. Las nieves se instalan en cumbres
de invierno que prometen travesías de Cebollera
a Santa Inés o Urbión, más allá
está Neila...La primavera abandona toda timidez
para ntregarse a la seducción sin disimulo. Aún
hay olor a leche y mantequilla, a hornos de buen pan,
a gentes y verbenas. Dicen que Nostradamus puso sus coordenadas
a trabajar para salvar dos espacios, y que uno de ellos
vino a coincidir en esta tierra solícita a la que
no le faltan amantes. Mientras, el Duero viene de Pinares
y apacigua levemente su juventud temprana entre pueblos
de caserío y casas de indianos...Es el Valle, el
espacio poblado por una vegetación exhuberante
y regado por el Razón, el Tera, el Duero y mil
manantiales que dan agua a robles, hayas, avellanos, acebos,
serbales, zarzamoras, álamos, abedules, tejos...
La vida se sirve en bandeja generosa. Sólo hay
que probarla. El riesgo: convertirse en adicto de la comarca
verde, que la derrocha a manos llenas.
Desde la capital, El Valle tiene dos entradas posibles.
Una es la carretera de Burgos y otra la de Logroño.
La primera ofrecerá un viaje entrañable
por una comarca de rebollares, praderas suaves y serranías
que conducirá a Hinojosa y El Royo. La segunda,
que hoy tomaremos, abrirá la puerta a la memoria.
A escasos kilómetros de Soria está
Garray, al pie de Numancia,
donde quizá quiera tomarse algo, darse un baño
en el soto si es verano o probar una de las piraguas que
alquilan. Coja el coche, y de nuevo carretera y guía,
llegue hasta el indicador de La Rubia. A la izquierda,
una casona del siglo XV le sorprenderá por su excelente
conservación. Tiene tres torres, almena, escudo,
un elefante de siete trompas, ventana ajimezada, iglesia,
convento y una quesería en el antiguo monasterio
que se nutre de la leche de churras ojaladas. Fíjese
en las trompas enroscadas que se repiten en la parte posterior
y los lados: la Casa Fuerte de
San Gregorio dibujó símbolos que llaman
a la recogida de alimentos. desde allí, y antes
de dar la vuelta para volver a la nacional, continúe
por la comarcal hasta Matute de la Sierra, buena muestra
de pueblo abandonado al que una cuidada reconstrucción
en piedra devuelve vida y encantos.
podrá acercarse hasta Almajano, si bien hasta llega
también una carretera desde la capital, de la que
dista catorce kilómetros. como buen pueblo de agostadero
de los ricos merineros, varias casas blasonadas del XVIII
dibujan escudos en las fachadas de piedra. La gran espadaña
de la iglesia quizá le regale los oídos
con el tañido de us cinco campanas cuando toma
camino hacia la Plaza mayor. Allí, una Casa Fuerte
amurallada viste almena, balcón corrido y puerta
grande de sillería. retenga el emblema familiar.
Lo volverá a encontrar en Aldealseñor, donde
la familia de los Salcedo también esculpió
el sauce y los cinco corazones junto a las cadenas, los
rombos y las flores de lis de los Río (quizá
lo recuerde. son los mismos relieves que viera en el Palacio
de ventana esquinada de la capital, hoy Archivo Histórico
Provincial).
El porte de esta casa solariega sorprende más en
cuanto que sus líneas suponen un contraste poderoso
con la humilde horizontalidad de La Aldea. Dejémosla
conversar con los cuatro vientos desde su gran torre del
XII mientras recorremos con la vista y la historia un
tiempo de revueltas entre navarros, aragoneses y castellanos,
en el que la vigilancia distaba mucho de ser un elemnto
decorativo. Camine. Dé la vuelta al perímetro
amurallado. Disfrute de la sillería y una solidez
que hoy está siendo rehabilitada, escrute el perfil
del palacio recortado sobre fondo azul, fíjese
en los arcos carpaneles que se dirigen a la muralla...
Y luego, desande el camino andado para regresar a la carretera
que le llevará a hermosos escenarios de río
y robledal cmo Espejo de Tera -rescatado del abandono
hace años- o a una localidad de piedra y encantos
que sirve de puerta entre El Valle y las Tierras Altas.
Almarza es pueblo de arquitectura recia y pasado ganadero,
que ha dejado en herencia una iglesia del XVI y el palcio
de los Montenegro. En él, hoy aula naturaleza de
un colegio madrileño, teje Gloria de Valor el arte
de Penélope y cuece artesas de tinte vegetal para
darle color al lino, la seda o el esparto. Si es agosto
y a primeros, quizá pueda comprar en la feria comarcal
miel, embutidos o mantequilla. Si el día es seis
y de enero, asistirá al intercambio del arca entre
Almarza y San Andrés, donde se conservan los privilegios
reales que aseguraban el uso de dehesas y montes comunales,
y que sólo puede ser abierta ante las autoridades
de ambas localidades (con una llave cada una).
Más allá, a muy pocos kilómetros
de Almarza, Gallinero ofrece uno de los pocos restos del
gótico civil de la provincia, además de
un camino de paisaje dulce que conduce a la acebada de
Garagüeta. la extensa mancha, una de las más
importantes de Europa, conforma un laberinto abovedado
del que hablaremos más tarde, cuando la vegetación
se nos cuele de lleno en el encuentro con la naturaleza.
También se nos vendrá a la boca el robledal
de Santos Nuevos, una de las dos ermitas de Almarza, enclavada
en un monte sólido y centenario.
De nuevo en la carretera general, el itinerario vuelve
a obligarnos a desandar lo andado hasta llegar a la carretra
de Tera, con casa solariega e iglesia góticas.
Conduzca por la carretera que lleva al corazón
del Valle. Vaya despacio. Disfrute. Está salpicado
de aldeas blancas en las que ir parando. inúndese
los ojos de los robles de Rebollar, saboree el camino
a Rollamienta, desvíese al balcón abierto
sobre el valle del subyugante Villar del Ala. Más
allá está Aldehuela del Rincón, con
una dehesa de robledal y montes de infinitas gamas vegetales.
Aparecerá en Sotillo. Quizá sea tiempo de
sumergirse en la piscina natural que aprovecha las aguas
del Razón. hay miel de biércol y, como en
varias localidades de la comarca, buen chorizo que poder
comprar en el precioso caserío mezclado con las
casas de los Indianos (si los vallejos hicieron las Américas,
también las Américas son responsables de
buena parte de la fisonomía soriana, con hijos
que emigraron y fundaron Sociedades Filantrópicas,
financiaron carreteras, escuelas, frontones o alumbrado
y regresaron para tachonar la arquitectura humilde de
grandes edificaciones con sabor inconfundible).
Al desviarnos hacia Villar y la Aldehuela, hemos dejado
atrás Valdeavellano de Tera. basta con deshacer
unos cuantos hilvanes de la carretera para dar con el
pueblo de las cuatro fuentes -una por cada barrio-, que
circundan las Sierras Cebollera y Tabanera. Y una vez
más, casas chicas y grandes pintadas de blanco
sobre terreno bañado por el Razón y el Razoncillo,
un encanto dulcísimo en las calles y las plazas
de una localidad que cuenta con albergue de la Junta,
la hermosura fresca que no abandona ni por un momento
la magnífica esquina soriana... desde él,
una estrecha carretera flanqueada de bosque conduce a
Molinos de Razón.
Hay
quien asegura que no sólo es importante llegar
a un lugar bello, sino que el camino que va hacia él
también lo sea. Ambas premisas se cumplen con generosidad
en la pequeña localidad, desde cuya ermita se obtendrán
espectaculares retazos de valle y una fuente bautizada
como La Losera dejará adivinar la piedra pizarrosa
sobre la que se asienta la cercana Cebollera.
Y damos la vuelta, que así es el viaje y el camino
no lineal en el que nos hemos embarcado, por la carretera
que nos conducirá, esta vez a Sotillo. Desde allí,
el camino a El Royo será la prolongación
de policromías arboladas, y aún podremos
descansar en el kilómetro 17 (con parrillas y zonas
de baño), adentrarnos hasta la poza cristalina
del Chorrón, caminar o pedalear hasta El Hayedo
u optar por la Ermita de la virgen del Castillo, donde
el impresionante panorama de bosques y pantano esboza
su fisonomía sin desperdicio.
Cabecera de la Mancomunidad formada por Hinojosa de la
Sierra, Langosto, Derroñadas y Vilviestre de los
Nabos, El Royo recibe con casas de indianos, mansiones
de sillería y casas de piedra. Si el reloj o el
estómago le piden mesa, la oferta gastronómica
es variada. Si no, dé un paseo por las calles y
la plaza con cruz de piedra en el centro, posible recuerdo
de un antiguo rollo medieval. la emigración ha
dejado fuentes, colegios y altar de la Virgen memoria
de sociedades filantrópicas que también
aquí fundaran hijos de esta localidad y la cercana
Derroñadas. y una cita con las fiestas: cuna de
dulzaineros, El Royo celebra el fin de semana después
de la Virgen de Agosto un Certamen Nacional de Mantones
de manila y su verbena es famosa en toda la provincia.
De regreso a Soria para tomar la carretera que va a Burgos,
enseguida encontrará Derroñadas, casi ajena
a El Royo por los chalets que han ido pespunteando la
carretera. Una torre en una colina le anunciará
tras una curva el pueblo de Hinojosa de la Sierra, con
palacio renacentista del XVI, restos de castillo y ribera
del Duero con posibilidad de baño. La pequeña
aldea, hoy casi deshabitada, se aferra a las muestras
de un tiempo en el que era Señorío de los
Hurtado de mendoza, y el esplendor le daba título
de villa. Si hay suerte con la humedad, la laguna que
se forma en el llano le saludará al pasar entretenida
en dar alimentos a las cigüeñas.
Ya en la carretera, cuando haya traspasado el puente sobre
un Duero en el que flotan los nenúfares, dejará
a un lado Oteruelos, al otro Pedraza, regresará
con las últimas luces dorando el monte valonsadero.
Llegará a Soria. Quizá le dé la bienvenida
con un atardecer quemando el cielo. Se ha enganchado a
la comarca, sea bienvenido a una adicción nada
peligrosa que cambiará -y sumará visiones-
en la siguiente estación en la que el cuerpo y
la entraña le pidan volver. |
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Todas
estas rutas forman parte de la amplia oferta del Patronato
Provincial de Turismo de Soria. Los contenidos y las
imágenes de cada uno de los recorridos han sido
facilitados a valonsadero.com por el propio Patronato.
Los textos son obra de Susana Gómez Redondo,
y las fotografías perteneces al archivo del Patronato
de Turismo, Fernando Santiago, Lourdes Lezcano, Félix
Lozano, Alejandro Plaza, Valentín Guisande, Manuel
Caloto y Paco Lucas.
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