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| ¿Que
conoces de nuestra provincia? Compruébalo
en este crucigrama. |
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| BELLEZAS
Y REALIDADES |
Para
referirse a Castilla, Ortega escribió que, sentida
como irrealidad visual, es una de las cosas más
bellas del universo. Interprete el viajero y lector
como quiera uno de los jirones que protagonizan la nutrida
escena literaria de esta esquina Vieja. Guárdelo
anotado en la memoria durante la exploración que
hoy proponen los textos y las fotografías. Ellos
esbozarán apenas un retazo de esta tierra cuyo
recorrido hicimos -confesión por frase lapidaria-
con la mano entregada a una servilleta sisada a la boca
para ser escrita. Era de un local berlangués, y
todavía llevaba el paladar el destello reciente
de la excelente gastronomía que se estila en la
villa. En ella copiamos, en trazos rápidos y casi
ininteligibles, el resplandor fugaz de aquella oración
-por frase y por agradecimiento- que nos pareció
tan bien se ajustaba al paisaje con el que nos habíamos
citado.
Convertidos en amantes de los pueblos y los caminos, a
ellos les brindamos las palabras robadas y hechas un ramillete
de papel en el bolsillo mientras, con la mano apretada,
la mirada se deslizaba por un pueblo pintado de girasoles
y coronado por un castillo. Estábamos en el corazón
del itinerario. Habíamos llegado por una tierra
de resina y cántaros en la que las paradas fueron
marcadas por el arte y la artesanía. Una impenitente
curiosidad por oficios casi olvidados nos detuvo a husmear
el olor de los pinares: el bosque, célebre por
sus níscalos y setas, derramaba vasijas de barro
con el resto pegajoso de los pinos sangrados.
El coche se había parado antes, atraído
por el románico con elementos mozárabes
de la iglesia de Los Llamosos. Ella contó (también
se lo dirá a usted desde la curva de herradura
del ábside y los capiteles de tosca decoración)
su influencia musulmana. Su posible nacimiento en el primer
cuarto del XII la convertiría en una de las más
antiguas de la provincia.
Si
el viajero quiere imitar paradas y recorrido de aquella
incursión por la tierra del cántaro, Quintana
Redonda le repetirá el saludo desde el palacio
blasonado. Por su parte, la pituitaria le ofrecerá
su particular y dulce bienvenida, recién hecha
en el horno repostero de la localidad. De Quintana parten
rutas por las que hacer sendero señalizado y un
cañón angosto horadado por el Izana proporciona
un paseo hermoso y agreste desde Las Cuevas. Allí,
en este pequeño pueblo cercano donde se ha recuperado
la tradición de la cisquera en una fiesta que prende
cada primer domingo de marzo, una villa tardo-romana conserva
sus mosaicos protegidos por una capa de arena. Por su
parte, el museo etnográfico recoge memorias en
aperos y muebles de ayer.
Tierra del cántaro, la zona mantiene el eco artesano
de las manos de Evelio Arnanz, quien da forma en Quintana
a una cerámica negra poco común en la península.
Por su parte, el horno de Alfonso Almazán da a
luz en Tajueco cacharros de color rojo con toques de amarillo
vidriado. En Tardelcuende, donde hay turismo rural y restaurantes,
una casa-museo detiene el tiempo en palanganeros y aguamaniles,
mientras Matamala de Almazán refleja en otro museo
la tradición resinera de la comarca.
Teníamos muchos desvíos y no pudimos negarnos.
Cómo resistirse al espléndido románico
de la bella iglesia de Andaluz, ese pueblo hoy chiquito
y rojo que en el Medievo tuvo tanta importancia como para
ser la primera villa que recibió el Fuero de Castilla
en el 1089. Sirva esta anotación para explicar
su magnífico San Miguel Arcángel, de 1114,
uno de los templos más antiguos de la provincia
cuyos capiteles son una auténtica explosión
decorativa: desde los dragones alados con ecos orientales
que sobrevuelan la portada meridional hasta los ricos
relieves, vegetales y geométricos, que adornan
una galería culminada por pequeñas cabezas.
Repoblada por gentes del sur de España en el siglo
XI, la localidad está enclavada sobre el cortado
que perfila el río del mismo nombre. El Andaluz
forma una hoz y pone pinceladas verdes en medio del paisaje
agreste, para venir a deslizarse bajo el puente romano
y seguir su camino hacia las afueras del pueblo, donde
encontrará en el Duero su desembocadura.
Una
parada en el Barrio de la Estación, en el término
de Bayubas de Abajo lleva al Museo del Cántaro,
antes de que un desvío -otro más en esta
tierra de límite-, acerque hasta Morales, donde
una atalaya comunicaba los castillos de Gormaz y Berlanga.
En Aguilera, dominando el pueblo, la iglesia de San Martín
levanta desde el siglo XII su nave única cubierta
de bello artesonado. En el exterior, una portada muy abocinada
sestea junto a la galería porticada, ese elemento
tradicional en el románico soriano cuya belleza
responde a la funcionalidad: mitigar lluvias y dar cobijo
a los fieles frente a las ventiscas. Ambos pueblos, muy
próximos a la Ribera del Duero, excavan la profundidad
de la piedra para dar frescura a sus bodegas, al tiempo
que la zona se salpica de lagares, algunos de ellos aún
en funcionamiento.
La hora de comer es un tiempo de lo más acertado
para llegar a Berlanga
de Duero, un lugar famoso por su excelente
gastronomía. Es en este punto del viaje cuando
había venido a sentarse a la mesa un Ortega y Gasset
que amó la irrealidad visual de Castilla, y quien
en su obra El espectador se entretiene en perfectas descripciones
de la villa en la que nos encontramos. Fue la primera
de la provincia en ostentar el título de Conjunto
histórico-artístico, algo que da idea de
la belleza por la que estamos a punto de adentrarnos.
Pasado pues, a manos llenas en la hermosa villa berlanguesa.
Castilla hecha aquí tangible, realidad visual,
parada y fonda de múltiples servicios y hospedería,
un paseo largo en el que dejarse atrapar por el Medievo...
o continuar, muy cerca, por la mística desnuda
de una hermosa ermita mozárabe, la de San
Baudelio, en Casillas de Berlanga.
Y con el alma expandida en la nervatura de un árbol
de piedra y mística, nos dirigimos a uno de los
pueblos más sorprendentes de esta tierra. Una villa
medieval con trabalenguas propio que intentaremos reproducir
sin trastabillear. Pero antes de que sus murallas nos
vean llegar desde su privilegiado mirador, detengámonos
en Caltojar. De nuevo será el románico el
que nos llame desde su iglesia del siglo XIII, repartido
en tres naves con hermoso ábside al exterior de
doble cornisa. Vuelta hacia el viento cálido del
sur, la portada hace su invitación de arquivoltas
abocinadas de medio punto y decoración de punta
de diamantes. Un guerrero con escudo descansa en el dintel.
Dentro aguardan capiteles de hojas estriadas y bulbos,
un púlpito mudéjar y un retablo del XVI.
Muy cerca, un pueblo con etimología árabe
recuerda la agonía de un Almanzor moribundo que
atravesó esta tierra para ir a morir a Medinaceli.
Bordecorex echó su ancla de atalaya en un pasado
que también le dejó, esta vez con nombre
cristiano, una iglesia dedicada a San Miguel en el siglo
XIII, con ábside rematado con unos peculiares arquillos
lombardos.
Más
allá, casi camaleónico en medio del paisaje
sobrio, Rello
se alza sobre el cerro, perfectamente integrado en el
entorno. Es uno de los enclaves de más raigambre
de la geografía provincial, donde un sabor intenso
a Edad Media asalta nada más traspasar una de las
dos espléndidas puertas de codo, en un lienzo del
siglo XIV que, pespunteado por torres cuadradas con matacanes,
anilla el conjunto amurallado mejor conservado de Soria.
Vamos dejando atrás esta tierra de castillos y
templos. La espalda se lleva consigo un paisaje salpicado
de palomares, en los que los ojos del viajero habrán
adivinado los faros de la Castilla más vieja. Como
en la comarca próxima de la Ribera, la tierra lineal
jalona los campos de esta especie de atalayas domésticas,
en las que el zuero de la nostalgia ha hecho nidos agridulces.
En el epicentro de los trigales, en las afueras de pueblos,
en la acumulación de llanura y rastrojo, formas
de adobe o piedra ponen a contraluz un poco de verticalidad
sobre el horizonte castellano. Circundan los pueblos -algunos
suman en una sola mirada hasta ocho-, ni tan cerca como
para espantar a las huidizas palomas ni tan lejos como
para dejarlas a merced de ladrones o cazadores furtivos.
Dicen los expertos que cada palomar es un mundo: redondos,
rectangulares, cuadrados, poligonales, con o sin patio,
con o sin adornos... Cuentan que nacieron en Roma, y que
más tarde se convirtieron en mensajeros de la llamada
arquitectura popular de larga duración que no necesitó
de evoluciones. Para qué variar su forma si sus
inquilinos eran siempre los mismos y tenían más
que demostrada una funcionalidad perfecta...
Con ellos, en este paquete de tradición por el
que hoy deambulamos, las tainas cubren la memoria ganadera
con su origen celtíbero y su techumbre de madera
de sabina. Toscas y de mampostería, motean los
páramos con su arquitectura vieja, prestando a
los caminos la fisonomía primitiva que albergó,
desde antiguo, el pasado pastoril que se derrama por las
tierras sorianas. Las mismas que hoy nos han prestado
un pedazo de su irrealidad visual: su belleza plena. |
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Todas
estas rutas forman parte de la amplia oferta del Patronato
Provincial de Turismo de Soria. Los contenidos y las
imágenes de cada uno de los recorridos han sido
facilitados a valonsadero.com por el propio Patronato.
Los textos son obra de Susana Gómez Redondo,
y las fotografías perteneces al archivo del Patronato
de Turismo, Fernando Santiago, Lourdes Lezcano, Félix
Lozano, Alejandro Plaza, Valentín Guisande, Manuel
Caloto y Paco Lucas.
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