21:32, 07-10-2008
 
 
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TIERRAS DE BERLANGA

BELLEZAS Y REALIDADES
Para referirse a Castilla, Ortega escribió que, “sentida como irrealidad visual, es una de las cosas más bellas del universo”. Interprete el viajero y lector como quiera uno de los jirones que protagonizan la nutrida escena literaria de esta esquina Vieja. Guárdelo anotado en la memoria durante la exploración que hoy proponen los textos y las fotografías. Ellos esbozarán apenas un retazo de esta tierra cuyo recorrido hicimos -confesión por frase lapidaria- con la mano entregada a una servilleta sisada a la boca para ser escrita. Era de un local berlangués, y todavía llevaba el paladar el destello reciente de la excelente gastronomía que se estila en la villa. En ella copiamos, en trazos rápidos y casi ininteligibles, el resplandor fugaz de aquella oración -por frase y por agradecimiento- que nos pareció tan bien se ajustaba al paisaje con el que nos habíamos citado.
Convertidos en amantes de los pueblos y los caminos, a ellos les brindamos las palabras robadas y hechas un ramillete de papel en el bolsillo mientras, con la mano apretada, la mirada se deslizaba por un pueblo pintado de girasoles y coronado por un castillo. Estábamos en el corazón del itinerario. Habíamos llegado por una tierra de resina y cántaros en la que las paradas fueron marcadas por el arte y la artesanía. Una impenitente curiosidad por oficios casi olvidados nos detuvo a husmear el olor de los pinares: el bosque, célebre por sus níscalos y setas, derramaba vasijas de barro con el resto pegajoso de los pinos sangrados.
El coche se había parado antes, atraído por el románico con elementos mozárabes de la iglesia de Los Llamosos. Ella contó (también se lo dirá a usted desde la curva de herradura del ábside y los capiteles de tosca decoración) su influencia musulmana. Su posible nacimiento en el primer cuarto del XII la convertiría en una de las más antiguas de la provincia.
Si el viajero quiere imitar paradas y recorrido de aquella incursión por la tierra del cántaro, Quintana Redonda le repetirá el saludo desde el palacio blasonado. Por su parte, la pituitaria le ofrecerá su particular y dulce bienvenida, recién hecha en el horno repostero de la localidad. De Quintana parten rutas por las que hacer sendero señalizado y un cañón angosto horadado por el Izana proporciona un paseo hermoso y agreste desde Las Cuevas. Allí, en este pequeño pueblo cercano donde se ha recuperado la tradición de la cisquera en una fiesta que prende cada primer domingo de marzo, una villa tardo-romana conserva sus mosaicos protegidos por una capa de arena. Por su parte, el museo etnográfico recoge memorias en aperos y muebles de ayer.
Tierra del cántaro, la zona mantiene el eco artesano de las manos de Evelio Arnanz, quien da forma en Quintana a una cerámica negra poco común en la península. Por su parte, el horno de Alfonso Almazán da a luz en Tajueco cacharros de color rojo con toques de amarillo vidriado. En Tardelcuende, donde hay turismo rural y restaurantes, una casa-museo detiene el tiempo en palanganeros y aguamaniles, mientras Matamala de Almazán refleja en otro museo la tradición resinera de la comarca.
Teníamos muchos desvíos y no pudimos negarnos. Cómo resistirse al espléndido románico de la bella iglesia de Andaluz, ese pueblo hoy chiquito y rojo que en el Medievo tuvo tanta importancia como para ser la primera villa que recibió el Fuero de Castilla en el 1089. Sirva esta anotación para explicar su magnífico San Miguel Arcángel, de 1114, uno de los templos más antiguos de la provincia cuyos capiteles son una auténtica explosión decorativa: desde los dragones alados con ecos orientales que sobrevuelan la portada meridional hasta los ricos relieves, vegetales y geométricos, que adornan una galería culminada por pequeñas cabezas. Repoblada por gentes del sur de España en el siglo XI, la localidad está enclavada sobre el cortado que perfila el río del mismo nombre. El Andaluz forma una hoz y pone pinceladas verdes en medio del paisaje agreste, para venir a deslizarse bajo el puente romano y seguir su camino hacia las afueras del pueblo, donde encontrará en el Duero su desembocadura.
Una parada en el Barrio de la Estación, en el término de Bayubas de Abajo lleva al Museo del Cántaro, antes de que un desvío -otro más en esta tierra de límite-, acerque hasta Morales, donde una atalaya comunicaba los castillos de Gormaz y Berlanga. En Aguilera, dominando el pueblo, la iglesia de San Martín levanta desde el siglo XII su nave única cubierta de bello artesonado. En el exterior, una portada muy abocinada sestea junto a la galería porticada, ese elemento tradicional en el románico soriano cuya belleza responde a la funcionalidad: mitigar lluvias y dar cobijo a los fieles frente a las ventiscas. Ambos pueblos, muy próximos a la Ribera del Duero, excavan la profundidad de la piedra para dar frescura a sus bodegas, al tiempo que la zona se salpica de lagares, algunos de ellos aún en funcionamiento.
La hora de comer es un tiempo de lo más acertado para llegar a Berlanga de Duero, un lugar famoso por su excelente gastronomía. Es en este punto del viaje cuando había venido a sentarse a la mesa un Ortega y Gasset que amó la irrealidad visual de Castilla, y quien en su obra El espectador se entretiene en perfectas descripciones de la villa en la que nos encontramos. Fue la primera de la provincia en ostentar el título de Conjunto histórico-artístico, algo que da idea de la belleza por la que estamos a punto de adentrarnos.
Pasado pues, a manos llenas en la hermosa villa berlanguesa. Castilla hecha aquí tangible, realidad visual, parada y fonda de múltiples servicios y hospedería, un paseo largo en el que dejarse atrapar por el Medievo... o continuar, muy cerca, por la mística desnuda de una hermosa ermita mozárabe, la de San Baudelio, en Casillas de Berlanga.
Y con el alma expandida en la nervatura de un árbol de piedra y mística, nos dirigimos a uno de los pueblos más sorprendentes de esta tierra. Una villa medieval con trabalenguas propio que intentaremos reproducir sin trastabillear. Pero antes de que sus murallas nos vean llegar desde su privilegiado mirador, detengámonos en Caltojar. De nuevo será el románico el que nos llame desde su iglesia del siglo XIII, repartido en tres naves con hermoso ábside al exterior de doble cornisa. Vuelta hacia el viento cálido del sur, la portada hace su invitación de arquivoltas abocinadas de medio punto y decoración de punta de diamantes. Un guerrero con escudo descansa en el dintel. Dentro aguardan capiteles de hojas estriadas y bulbos, un púlpito mudéjar y un retablo del XVI.
Muy cerca, un pueblo con etimología árabe recuerda la agonía de un Almanzor moribundo que atravesó esta tierra para ir a morir a Medinaceli. Bordecorex echó su ancla de atalaya en un pasado que también le dejó, esta vez con nombre cristiano, una iglesia dedicada a San Miguel en el siglo XIII, con ábside rematado con unos peculiares arquillos lombardos.
Más allá, casi camaleónico en medio del paisaje sobrio, Rello se alza sobre el cerro, perfectamente integrado en el entorno. Es uno de los enclaves de más raigambre de la geografía provincial, donde un sabor intenso a Edad Media asalta nada más traspasar una de las dos espléndidas puertas de codo, en un lienzo del siglo XIV que, pespunteado por torres cuadradas con matacanes, anilla el conjunto amurallado mejor conservado de Soria.
Vamos dejando atrás esta tierra de castillos y templos. La espalda se lleva consigo un paisaje salpicado de palomares, en los que los ojos del viajero habrán adivinado los faros de la Castilla más vieja. Como en la comarca próxima de la Ribera, la tierra lineal jalona los campos de esta especie de atalayas domésticas, en las que el zuero de la nostalgia ha hecho nidos agridulces. En el epicentro de los trigales, en las afueras de pueblos, en la acumulación de llanura y rastrojo, formas de adobe o piedra ponen a contraluz un poco de verticalidad sobre el horizonte castellano. Circundan los pueblos -algunos suman en una sola mirada hasta ocho-, ni tan cerca como para espantar a las huidizas palomas ni tan lejos como para dejarlas a merced de ladrones o cazadores furtivos.
Dicen los expertos que cada palomar es un mundo: redondos, rectangulares, cuadrados, poligonales, con o sin patio, con o sin adornos... Cuentan que nacieron en Roma, y que más tarde se convirtieron en mensajeros de la llamada arquitectura popular de larga duración que no necesitó de evoluciones. Para qué variar su forma si sus inquilinos eran siempre los mismos y tenían más que demostrada una funcionalidad perfecta...
Con ellos, en este paquete de tradición por el que hoy deambulamos, las tainas cubren la memoria ganadera con su origen celtíbero y su techumbre de madera de sabina. Toscas y de mampostería, motean los páramos con su arquitectura vieja, prestando a los caminos la fisonomía primitiva que albergó, desde antiguo, el pasado pastoril que se derrama por las tierras sorianas. Las mismas que hoy nos han prestado un pedazo de su irrealidad visual: su belleza plena.
    TIERRA DE ÁGREDA
    TIERRAS ALTAS
    TIERRA DEL VALLE
    LA SORIA VERDE
    SENDERO IBÉRICO SORIANO
    CAMINO DEL CID
 
NUEVA RUTA
  LA CELTIBERIA SORIANA
Todas estas rutas forman parte de la amplia oferta del Patronato Provincial de Turismo de Soria. Los contenidos y las imágenes de cada uno de los recorridos han sido facilitados a valonsadero.com por el propio Patronato. Los textos son obra de Susana Gómez Redondo, y las fotografías perteneces al archivo del Patronato de Turismo, Fernando Santiago, Lourdes Lezcano, Félix Lozano, Alejandro Plaza, Valentín Guisande, Manuel Caloto y Paco Lucas.
 
 

 

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