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A
Soria la quisieron -y la hicieron- verde: intenso de
pinar y oscuro de musgo; tardío de roble; entretenido
de tierra espléndida en los caminos y los pueblos.
La tiñeron de los colores perennes: verdes anchos
y verdes tierra; verdes de poemas nacidos del amor a
Machado y Gerardo Diego; azules de un embalse que casi
olvidó su nacimiento de artificio para hacerse
playa y paisaje espontáneo. negros de laguna
y leyenda en tierras de Alvargonzález. Y blanco
de nieve. Y rojo de teja. Y un cierto dorado de roble
y de otoño. El ocre es de pueblo serrano, puente
y pasaderas...
Al
viajero le espera una de las comarcas más hermosas
y turísticas de la geografía soriana.
En ella averiguará rincones de naturaleza exhultante
y arquitectura sólida. Un escenario que derrocha
estética para mirar, tocar, vivir en fin. El
itinerario de la esquina noroeste de la provincia abre
la mirada y la entraña: un pasiaje imprevisibe
que arrastra por las sensaciones anchas. Esta tierra
es intensa. El viaje también.
Nuestra ruta empieza por la carretera que parte de Soria
a Burgos, con el monte Valonsadero a un lado y el imponente
Pico Frentes, faro terrestre en medio del llano, al
otro. A sus faldas, cerca de la cascada de
Fuentetoba, se abren vías que son
una suerte de escuela para la escalada. La Sierra de
Cabrejas acompaña con su perfil de cresta el
camino. Ocenilla
empieza y sigue en piedra a sus pies, y la historia
cuenta arriba, allí donde los buitres leonados
sobevuelan sus dominos, los restos de un poblado celtíbero
fortificado que luego ocuparon romanos y visigodos.
Paralela a la sierra, la carretera lleva hasta Cidones,
en cuya Venta, célebre de poemas y condumio,
descansó Machado antes de emprender su Ruta de
Alvargonzález. Es pueblo de buen horno y mejor
pan, de monte -verde- de rebollo con huellas de conejos,
corzos, ciervos y jabalíes. De chalets mezclados
con el sabor antiguo de la piedra y las casas de los
indianos. Puerta hacia Vinuesa, supone el punto de partida
de una carretera que entre risco, roble y brezal, coquetea
serpenteando con el embalse de la Cuerda del Pozo.
Se precipita el camino en curvas y laderas, mientras
el verano se sucede en el pantano entre baños,
merienda, arena fina de playa o roca abierta. El agua
deja ver restos de un pueblo que quedó sepultado,
y en cuyo nombre se han quedado prendidos -cómo
no en esta provincia de fantasías a flor de tierra
y agua- epiques de campanas de una torre sumergida.
La chimena de la ferrería hace lo propio desde
su verticalidad de ladrillo, y en las épocas
de sequía, cuando el suelo agitado se deja ver
allí donde casi siempre está el pantano,
las calles de La Muedra aparecen al fondo, no se sabe
si fantasmales o serenas entre su camposanto y sus ruinas.
Apenas media docena de kilómetros nos separan
de la señorial Vinuesa.
Es rica, hermosa, tradicional y noble.
Desde Vinuesa, la carretera que va a Montenegro de Cameros
es la misma que se interna por venas de agua y pinar
inmenso hasta la Laguna Negra, en el epicentro
de las Tierras de Alvargonzález. El camino a
pie, impresionante de paisaje, se puede hacer haciendo
una variante del Sendero de Gran Recorrido (GR 86) que
llega hasta el caserío de Santa Inés;
a la derecha, el bello Quintanarejo
se traspasa de la naturaleza salvaje que vino a habitar
este pedazo verde de tierra. Todo el valle del Revinuesa
forma una puesta en escena de orografía montaraz,
fresca de savia y transparente de escorrentía.
En cualquier caso, la ascensión no defraudará
retina y sensaciones. Para la excursión en coche,
una pista a la izquierda señala el camino que
lleva hasta la Laguna Negra. Dos kilómetros antes
de llegar, un espacio sirve de aparcamiento e indica
el fin del ascenso a los vehículos, prometiendo
un agradable paseo hasta el circo glaciar. En verano
y en Semana Santa, un autobús de ida y vuelta
transporta a los viajeros menos andarines, si bien el
consejo es procurar que sean las piernas las que nos
llevan por la fácil senda que van tomando las
hayas y los ocasionales tejos y serbales. la pista,
hoy cortada al tráfico, sigue por la izquierda
la garganta del torrente que nace en la Laguna. Quizá
encuentra algún hormiguero grande entre el paisaje
de pedrizas desplomadas. Una pradera de grandes pinos
y hayas será la antesala del destino glaciar.
Tras la morrera que la oculta, aguas oscuras que tradicionalemnte
han rozado lo sagrado ejercen la misma fascinación
que desde siempre se apoderó de las voces y las
gentes.
Desde
ella, siguiendo la senda empinada que salva los farallones
por el sur, la áspera montaña nos recibe
en término ya de covaleda. En invierno, un cielo
nublado se extiende sobre los prados y las pedrizas.
En primavera, el paisaje húmedo acoge blandamente
el deshielo, inundando el suelo de regueros de agua
de flores y montaña. Para llegar al Pico de Urbión
basta con seguir el sendero que serpentea por las laderas
pedregosas, donde a mitad de camino se abre otra de
las lagunas que por aquí descansan: es la Helada,
que junto a la Larga, la Verde y la de Urbión,
viste a la montaña de fantasías a la sobra
de la Negra. Al final del ascenso, un Duero chico, recién
venido al mundo, salta entre las rocas sin intuir apenas
que más tarde se hará río sereno,
ancho, profndo.
La carretera que dejamos para ascender a la mítica
laguna continúa atravesando pinos altos y extensos
hasta el puerto de Santa Inés. Más allá,
un pueblo de piedra llena se ajusta a la orografía
empinada y hermosa. Es Montenegro
de Cameros, límite de castilla con
La Rioja, y de sus gentes dicen que tienen mucho de
ésta y no menos de aquélla, así
como el paisaje, hecho de acebos y hayas, avellanos,
serbales, robles, castaños... Es un escenario
al que no se podrá resistir: vacas en los montes
y una aldea con arquitectura de buena sillería
donde la niebla se cuela por entre las casonas con regusto
a Mesta. Las puertas de arco y los ocasionales blasones
configuran la fisonomía del pueblo, mientras
picos elevados lo anillan de verde intenso y aire purísimo.
De las siete ermitas que un día tuvo la villa,
sólo permanece en pie San Mamés, cuya
declaración como Monumento histórico Artístico
puso fin a su uso como majada, y en la que un románico
recogido se decora con frescos que recuerdan a la escuela
catalana. En el barrio de arriba, donde el sol se vuelca
y el monte se hace telón omnipresente, la iglesia
gótica guarda talla de la Virgen del XIII, saludando
a la tierra de Cameros de la que forma parte.
Y regresamos por donde hemos venido. Los ojos, llenos
de verde, aún han de dejar espacio para el bosque
y la piedra de la tierra de Pinares. Pueblos y paisajes
nos esperan inundados de ambos.
Muy cerca del Pantano de la Cuerda del Pozo, Molinos
de Duero vive acunado por las aguas del río
Miño.
En Salduero, que
comparte con su vecino encantos, paisaje y senderos,
separado por una breve caminata su proximidad casi íntima.
Comuneras son sus ermitas y sus tierras, así
como el pasado único de un pueblo escindido en
el XVIII. Atravesados por el mismo cauce, ambos se miran
frente a frente amparados por pinos, robles y praderas.
Hay cosas que hubo de quedarse uno solo, como la antigua
ermita, que ahora es iglesia parroquial de Molinos en
una plaza en la que se dan cita frontón -también
de piedra-, hostales y casonas.
Tras el paseo suave de ermita y prado, Salduero continúa
la estética iniciada: piedra rebosante de serena
belleza y digna localidad de esta tierra que reverdea
en Soria. Seguimos en zona carretera y, Salduero, aunque
en menor medida que Molinos, también despuntó
a la cabeza de recuas y ganado, conservando asimismo
su rastro de cantería y blasón en la arquitectura
pinariega. Callejee y lléguese hasta la plaza,
donde puente e iglesia del XVIII le darán su
bienvenida bella, disfrute del hermoso puente medieval
sobre el río, el monte jugoso, la piedra noble...
Y déjelo atrás, en busca de los paisajes
con que le obsequiará Covaleda.
Y continuamos por esas carreteras del dios de los pinares
y de Urbión hasta Duruelo
de la Sierra, allí donde lleva el
río reciente su travesura cristalina. Seguimos
por el verde intenso y la naturaleza vehemente, La montaña
llena de espacio y hace suyo el entorno de excepción.
En el término de este pueblo industrial con varias
cooperativas madereras, la sierra desperdiga su belleza
abundante, entre las que se alza al mundo hacho de viento
y entrañas esculturas naturales llamadas Castroviejo.
El viaje vuela aquí en excursiones de altura.
Las excursiones derraman sus bellezas de altura por
todo el municipio.
Urbión vigila la población con la vista
fija en la localidad fundada por los duracos, se entretiene
en la necrópolis medieval, se dispersa en la
historia superpuesta de un templo con orígenes
prerrománicos y una evolución de signos
que empieza en el X y concluye en el XVII
El verde de la sierra trae aires de cumbre y agua
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