12:03, 21-11-2008
 
 
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TIERRAS DE ALMAZÁN

ALMAZÁN
Desembocadura múltiple de gentes y épocas, su conglomerado histórico se inicia en la Edad del Bronce, que dejó en El Guijar y el Soto Ocáliz su estela antiquísima. Más tarde, el libro de la historia volverá a abrirse por la página del Hierro en el cerro del Cinto, para saltar al pasado celtíbero en La Muela y Los Chopazos. Deambula así el tiempo, repartiendo milagros. Maravillas medievales recorren el espinazo adnamantino, que cobra auge industrial y económico a las puertas del XXI. Tras la cara moderna que pone a la entrada se recoge un casco antiguo prieto en arquitectura y memoria, que prolonga esplendores más allá del puente y la pasarela peatonal de sinuosidad contemporánea. La villa por la que han pasado gentes y acontecimientos de todas las épocas empieza a subir despacio desde el lecho del Duero, vigilada por un recinto amurallado que asoma a la vega sus recuerdos desdoblados: del primitivo lienzo árabe apenas quedan algunos cimientos y el significado del nombre de la villa, El Fortificado, que sí conserva los restos de un siglo XII cristiano afianzado en tres de las cuatro puertas (de Herreros, del Mercado y de la Villa). Al noroeste, los siglos decidieron cebarse menos con las piedras de la muralla, manteniendo mejor los tramos junto a un torreón cilíndrico al que las voces populares bautizaron como Rollo de las Monjas.
El casco antiguo va ascendiendo por la colina hasta el Cerro del Cinto, donde una panorámica atrapa fotogramas perforados por la hermosura. Ascendamos con él por la historia, que escribe un pasaje en el que la ciudad de avanzadilla fue frontera primero entre el mundo árabe y el cristiano y después punto de litigio entre los reinos de Aragón y Castilla. Las batallas de unos y otros la convirtieron en espacio de choque y devastaciones: una ciudad que fue pasto de las disputas y sintió en sus carnes de límite las dentelladas de las luchas repetidas. Mora, cristiana, repoblada, sitiada, sometida, arrebatada... vivió su destino guerrero hasta un siglo XIV que trajo la llamada Paz de Almazán entre Aragón y Castilla, en una firma que traería un tiempo de privilegios y medidas protectoras para aquella villa con título de comunidad municipal en la que las armas habían luchado durante tanto tiempo.
Pero no fue sino de la mano de los Reyes Católicos cuando Almazán alcanzara un protagonismo histórico que conservaría hasta bien entrado el siglo XIX, prolongándose un tiempo de esplendores para la localidad poco acostumbrada a la tranquilidad. Convertida en Corte en numerosas ocasiones, fue residencia de la familia real repetidamente, viendo así desfilar por sus días una galería de monarcas e infantes que van desde Isabel y Fernando hasta Felipe II y III, pasando por el príncipe Juan y su esposa Margarita de Austria. La paz, que parecía haber tomado posada permanente en El Fortificado, se quebró un 10 de julio de 1810 con el saqueo y el incendio de la villa por parte de las tropas francesas. Con todo, las calles adnamantinas supieron conservar los testimonios de su particular universo de cruce. La convivencia, tensa o serena, impregnó sus huellas a las casonas, las iglesias y los palacios, cuya apretada presencia es el motor de su importante atractivo turístico.
Para abrir boca en el recorrido adnamantino, nada mejor que empezar por una plaza Mayor que concentra arquitectura civil y religiosa. La Puerta de la Villa da la entrada a este bello recinto, donde el Palacio de los Hurtado Mendoza alza su imagen gótico-renacentista en tanto que una esquina descubre San Miguel, templo declarado Monumento Nacional.
Pero pasear por la villa es ir encontrándose de frente con los relicarios de la historia y el arte: un desfile con fuertes sabores medievales en el postigo de Santa María, nobles caserones en la calle de las Monjas, el Convento de las Clarisas, la iglesia barroca de San Pedro, la ermita de Jesús, los restos del convento mercedario donde muriera Tirso de Molina... y un pueblo salpicado de bares y restaurantes por el que saborear caza, codillo o cocido, entre algunos de los platos de esta tierra célebre por el dulce de sus yemas y paciencias.
Fue aquí, en la localidad que hoy luce el cartel de Villa del Mueble, donde nació el jesuita Diego Laínez, uno de los fundadores de la Compañía de Jesús y clérigo tan influyente como para rechazar ser Papa y suspender la sesión del Concilio de Trento si caía enfermo. Es aquí, en esta villa capaz de aunar modernidad y tradición, donde se acomodan industria, artesanía, agricultura y ganadería, en tanto que no se olvidan costumbres tan ancestrales como el Zarrón, que cada 17 de mayo trae ritual antiguo durante las fiestas en honor a San Pascual Bailón. La fiesta viene a coincidir en el tiempo con la Feria Regional de Muestras, que empezó siendo agrícola y ha terminado por sumar artesanía, muebles, alimentación y ocio. Y si quiere intuir emociones, pida que le expliquen cómo arranca, el primer domingo de septiembre, la explosión de fervor y traca en la Bajada de Jesús.
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Todas estas rutas forman parte de la amplia oferta del Patronato Provincial de Turismo de Soria. Los contenidos y las imágenes de cada uno de los recorridos han sido facilitados a valonsadero.com por el propio Patronato. Los textos son obra de Susana Gómez Redondo, y las fotografías perteneces al archivo del Patronato de Turismo, Fernando Santiago, Lourdes Lezcano, Félix Lozano, Alejandro Plaza, Valentín Guisande, Manuel Caloto y Paco Lucas.
 
 

 

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