|
|
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
| ¿Que
conoces de nuestra provincia? Compruébalo
en este crucigrama. |
|
|
|
|
|
| |

| ALMAZÁN |
Desembocadura
múltiple de gentes y épocas, su conglomerado
histórico se inicia en la Edad del Bronce, que
dejó en El Guijar y el Soto Ocáliz su estela
antiquísima. Más tarde, el libro de la historia
volverá a abrirse por la página del Hierro
en el cerro del Cinto, para saltar al pasado celtíbero
en La Muela y Los Chopazos. Deambula así el tiempo,
repartiendo milagros. Maravillas medievales recorren el
espinazo adnamantino, que cobra auge industrial y económico
a las puertas del XXI. Tras la cara moderna que pone a
la entrada se recoge un casco antiguo prieto en arquitectura
y memoria, que prolonga esplendores más allá
del puente y la pasarela peatonal de sinuosidad contemporánea.
La villa por la que han pasado gentes y acontecimientos
de todas las épocas empieza a subir despacio desde
el lecho del Duero, vigilada por un recinto amurallado
que asoma a la vega sus recuerdos desdoblados: del primitivo
lienzo árabe apenas quedan algunos cimientos y
el significado del nombre de la villa, El Fortificado,
que sí conserva los restos de un siglo XII cristiano
afianzado en tres de las cuatro puertas (de Herreros,
del Mercado y de la Villa). Al noroeste, los siglos decidieron
cebarse menos con las piedras de la muralla, manteniendo
mejor los tramos junto a un torreón cilíndrico
al que las voces populares bautizaron como Rollo de las
Monjas.
El
casco antiguo va ascendiendo por la colina hasta el Cerro
del Cinto, donde una panorámica atrapa fotogramas
perforados por la hermosura. Ascendamos con él
por la historia, que escribe un pasaje en el que la ciudad
de avanzadilla fue frontera primero entre el mundo árabe
y el cristiano y después punto de litigio entre
los reinos de Aragón y Castilla. Las batallas de
unos y otros la convirtieron en espacio de choque y devastaciones:
una ciudad que fue pasto de las disputas y sintió
en sus carnes de límite las dentelladas de las
luchas repetidas. Mora, cristiana, repoblada, sitiada,
sometida, arrebatada... vivió su destino guerrero
hasta un siglo XIV que trajo la llamada Paz de Almazán
entre Aragón y Castilla, en una firma que traería
un tiempo de privilegios y medidas protectoras para aquella
villa con título de comunidad municipal en la que
las armas habían luchado durante tanto tiempo.
Pero no fue sino de la mano de los Reyes Católicos
cuando Almazán alcanzara un protagonismo histórico
que conservaría hasta bien entrado el siglo XIX,
prolongándose un tiempo de esplendores para la
localidad poco acostumbrada a la tranquilidad. Convertida
en Corte en numerosas ocasiones, fue residencia de la
familia real repetidamente, viendo así desfilar
por sus días una galería de monarcas e infantes
que van desde Isabel y Fernando hasta Felipe II y III,
pasando por el príncipe Juan y su esposa Margarita
de Austria. La paz, que parecía haber tomado posada
permanente en El Fortificado, se quebró un 10 de
julio de 1810 con el saqueo y el incendio de la villa
por parte de las tropas francesas. Con todo, las calles
adnamantinas supieron conservar los testimonios de su
particular universo de cruce. La convivencia, tensa o
serena, impregnó sus huellas a las casonas, las
iglesias y los palacios, cuya apretada presencia es el
motor de su importante atractivo turístico.
Para
abrir boca en el recorrido adnamantino, nada mejor que
empezar por una plaza Mayor que concentra arquitectura
civil y religiosa. La Puerta de la Villa da la entrada
a este bello recinto, donde el Palacio de los Hurtado
Mendoza alza su imagen gótico-renacentista en tanto
que una esquina descubre San Miguel, templo declarado
Monumento Nacional.
Pero pasear por la villa es ir encontrándose de
frente con los relicarios de la historia y el arte: un
desfile con fuertes sabores medievales en el postigo de
Santa María, nobles caserones en la calle de las
Monjas, el Convento de las Clarisas, la iglesia barroca
de San Pedro, la ermita de Jesús, los restos del
convento mercedario donde muriera Tirso de Molina... y
un pueblo salpicado de bares y restaurantes por el que
saborear caza, codillo o cocido, entre algunos de los
platos de esta tierra célebre por el dulce de sus
yemas y paciencias.
Fue aquí, en la localidad que hoy luce el cartel
de Villa del Mueble, donde nació el jesuita Diego
Laínez, uno de los fundadores de la Compañía
de Jesús y clérigo tan influyente como para
rechazar ser Papa y suspender la sesión del Concilio
de Trento si caía enfermo. Es aquí, en esta
villa capaz de aunar modernidad y tradición, donde
se acomodan industria, artesanía, agricultura y
ganadería, en tanto que no se olvidan costumbres
tan ancestrales como el Zarrón, que cada 17 de
mayo trae ritual antiguo durante las fiestas en honor
a San Pascual Bailón. La fiesta viene a coincidir
en el tiempo con la Feria Regional de Muestras, que empezó
siendo agrícola y ha terminado por sumar artesanía,
muebles, alimentación y ocio. Y si quiere intuir
emociones, pida que le expliquen cómo arranca,
el primer domingo de septiembre, la explosión de
fervor y traca en la Bajada de Jesús. |
|
Todas
estas rutas forman parte de la amplia oferta del
Patronato Provincial de Turismo de Soria. Los
contenidos y las imágenes de cada uno de
los recorridos han sido facilitados a valonsadero.com
por el propio Patronato. Los textos son obra de
Susana Gómez Redondo, y las fotografías
perteneces al archivo del Patronato de Turismo,
Fernando Santiago, Lourdes Lezcano, Félix
Lozano, Alejandro Plaza, Valentín Guisande,
Manuel Caloto y Paco Lucas.
|
|
|
| |
| |

|
|
|