|
Varios
centenares de kilos de cohetes. Miles de adnamantinos
y visitantes. Una plaza Mayor haciendo guiños
tímidos antes de apagar definitivamente las luces.
Baja el Nazareno desde la iglesia del Campanario, donde
ha permanecido una semana después de la Subida,
sobre los hombros de quienes subastaron los banzos por
la mañana. Regresa a su ermita como cada primer
domingo de septiembre, en un descenso flanqueado por
las peñas y las flores. Hay murmullos en la plaza
y gentes que intentan coger el mejor sitio para las
emociones. La banda municipal da la salida a la procesión
y un silencio inmenso se hace con la villa entera. Dan
las diez en el reloj de la plaza y una oscuridad breve
precede al estallido: los fuegos artificiales y los
cohetes golpean el tímpano y el pulso, haciendo
eco un año más en una plaza a rebosar
que aguarda la traca final. El Cristo vigila el espectáculo
pirotécnico y los costaleros cumplen promesas
de fe. El Nazareno, antes de volver a su ermita, se
dará la vuelta como cada septiembre para mirar
de frente a su pueblo. La intensidad de adrenalina y
religiosidad se ha cumplido otro septiembre en las fiestas
de Almazán.
|